martes, 28 de julio de 2015

El Perrodiablo, Bandera de Niebla y la música como abanderada

EL PERRODIABLO, BANDERA DE NIEBLA, SURFING MARADONAS
11/07/2015
Club V

Por Astilla Dominguez

No siempre tengo el placer de recibir invitaciones para musicalizar recitales pero cuando los chicos de El Perrodiablo me consultaron para participar en una de sus fechas no lo dudé un segundo: debía estar ahí. Con los días se fueron confirmando los nombres de la grilla y mi entusiasmo fue en aumento; no siempre se puede combinar una actividad reconfortante aunque estresante compartida con bandas que te gustan.

La noche del sábado dio inició de la mano de Surfing Maradonas, un dúo compuesto por guitarrista/cantante y baterista que practica un mix entre Sludge, Stoner, Garage y cuanto género se te venga a la mente. De las tres bandas en cartel era la única de la que no había escuchado un acorde -ni tampoco visto en vivo- así que si bien su presentación me pareció excesiva en duración, cumplieron.

Curioso el caso de Bandera de Niebla. En este último mes los vi dos veces en vivo: en el primero de los shows (en Niceto, bajo el marco del ciclo Martes Indiegentes) tuvieron una noche para el olvido; afortunadamente, el sábado se reivindicaron con creces. ¡Y debo admitir que me encanta esa dualida! Me hace acordar a cuando leía reseñas de los shows en vivo de los Replacements. Detesto que se haya perdido esa espontaneidad y Bandera tiene todos esos elementos impredecibles y más. Para quienes no estén enterados, Bandera de Niebla es un combo integrado por Adrián Outeda (Satan Dealers) en voz, Martín Méndez (ex Dragonauta) en bajo, Hernán Espejo (también ex Drago, Compañero Asma, Vrede) en guitarra y Nacho Brizuela (ex Fantasmagoria) en batería. Hasta la fecha tienen publicados dos EP’s digitales aglutinados en un larga duración en formato físico que se dedicaron a presentar casi en su totalidad. Tal como sucede en Satan Dealers, si Outeda está inspirado las chances de que el show sea histórico son elevadas y la noche en Club V Adrián demostrar en un momento álgido: al tope de sus posibilidades, entonó cada estrofa como si fuera la última, con una potencia y una entrega que emocionaban. Posta. Sus compañeros se hicieron eco de su maravillosa performance y dejaron todo sobre las tablas, a nivel sonoro e interpretativo. Cuesta rotular la fórmula de Bandera gracias a esa hermosa combinación sonora en la que la guitarra de Espejo dibuja a diestra y siniestra esquivando cualquier etiqueta. Su público se muestra entusiasta, canta las letras con fervor y recibe con los brazos abiertos al tema nuevo que estrenaron. Para el final, y a modo de souvenir, dejaron una demoledora versión de “Debes Quitarte el Uniforme” de No Demuestra Interés que caló profundo y dejó el escenario en llamas.

Solo una banda con las pelotas bien puestas y las ideas bien claras podía continuar semejante exhibición de poder y El Perrodiablo recogió el guante con una elegancia digna de los que plantan bandera en tierra firme. No importa si sus canciones te gustan más o menos: El Perro en vivo te pasa por arriba, te toca las fibras menos sensibles y te deja retumbando más de una idea; si después de haber visto a El Perrodiablo no le encontraste otro sentido al Rock, es porque todavía no los viste. Comandados por ese titán escénico conocido bajo el seudónimo de Doma, desde el minuto cero se encargan de tomarte por el cuello y quitarte todo atisbo de respiro. La catarata sónica que entablan las guitarras de Chaume y Lea los enmarca como una de las duplas más sólidas que haya dando vueltas, siempre bien acompañados por la base de Fran y el batero del que no recuerdo el nombre. Todo es desparpajo y espontaneidad sobre las tablas, con un Doma que va y viene, se tira y se levanta, sube y baja y que en ningún momento se olvida de lo que es: un entretenedor, un comunicador, un lazo entre los instrumentistas y su público, ese público que le demuestra adoración y que se rinde ante cada una de sus proclamas. Porque lo de El Perro excede el formato Rock, excede las etiquetas y recupera la esencia del por qué estábamos ahí: son los únicos que hoy en día pueden hacerte sentir en una situación peligrosa sin que eso signifique miedo; te patean el culo una y otra vez y no miran a la cámara, no buscan la sonrisa fácil. Reinterpretan el Rock a su modo y no va a costar mucho tiempo más para que otros sigan su camino. Están de mi lado del Rock y no exagero al decir que en mi condado se encuentran entre los más respetados.


viernes, 22 de mayo de 2015

Deme dos

Uno de los temas de la semana en el universo musical fue la edición del disco de Tan Biónica. No porque sus canciones hayan generado un revuelo o porque particularmente lo haya estado esperando, sino por la enorme repercusión mediática que tuvo. Está bien, uno podría aducir que este tipo de bandas cuentan con un presupuesto de prensa mayor que otras pero ni siquiera: las noticias informaban de fans enardecidos por alzarse de su CD. Sí, leyeron bien: gente desesperada por comprarse un disco y, como plus para aquellos primeros 500 consumidores, lograr la firma de sus músicos favoritos.

Por supuesto esto se tradujo en motivo de burlas tanto en Twitter como en Facebook, “escrachando” a los chicos que se compraban el álbum de su artista favorito con su dinero bien ganado. ¿Prejuiciosos nosotros los rockeros? A la mierda, hay que replantearse muchas cosas. Evidentemente existe público cautivo solo que tal vez no hayan encontrado la banda adecuada para rendirle pleitesía. No pienso defender a Tan Biónica -su música me parece detestable- pero en algunos meses alguien los reemplazará; estamos a tiempo de potenciar a aquella banda nueva que tanto nos gusta. ¿O será que tanto nos cuesta escuchar bandas independientes?

Otro evento importante fue la reedición de ciertos discos (Soda Stereo, Pescado Rabioso/Invisible/Almendra, etc) del catálogo de Sony Argentina en formato vinilo. Una vez más, se formaron colas de cuadras en las disquerías que contaron con la venta anticipada. ¿Cómo? ¡Me habían dicho que la gente no compraba más discos! Último momento: se habrían agotado en varios locales. Nah, es joda, no puede ser… Fetichismo, coleccionismo, especulación o simplemente pasión, pero los LP’s volaron: he llegado a ver fotos de gente que se alzó con dos copias de cada ejemplar.

Sin dudas, es destacable el accionar de Sony Ar: Argentina debe ser uno de los pocos países del mundo que tiene descatalogados a sus artistas populares y no me refiero únicamente al Rock. ¿Harán que desciendan los precios astronómicos por las primeras ediciones? No lo creo, pero estoy harto de ir a disquerías y no encontrar los títulos que busco.

Mientras, miro los sucesos con la ñata contra el vidrio.

lunes, 11 de mayo de 2015

Yo vendí un "Artaud"

(Artículo para Format+V Revista Online https://formatvrevista.wordpress.com/2015/05/07/yo-vendi-un-artaud/)

Sucedió una tarde de mediados de la década del noventa, en los albores de mi adolescencia. Caminando por mi barrio, con destino incierto, me lo topé súbitamente. Él iba vestido enfundado en un conjunto deportivo Adidas azul furioso y unas zapatillas blancas, de esas que son medio armatoste, que se usan para jugar básquet. Ahí paradito en una esquina, semi encorvado, con cara de desorientado estaba Luis Alberto Spinetta, alias el Flaco. Mi corazón se paralizó por unos segundos. ¿Debía activar mi más puro cholulismo y saludarlo? Nunca fui de esos pero me sentí en la obligación. Un tibio “Luis, no estoy tan adentrado en su obra, pero lo respeto muchísimo” -ni por asomo se me ocurrió tutearlo- logró como respuesta un contundente “muchas gracias por el respeto” que caló hondo en mi.

Le fui honesto a Luis. Pocos meses atrás, Spinetta había editado junto a los Socios del Desierto un disco doble crudo, filoso que captó mi simpatía casi de inmediato, tanto que comencé a indagar en su repertorio. Así llegué a Pescado Rabioso, de la mano del cassette de “Desatormentándonos”, que casualmente no incluía el tema “Post Crucifixión”, que pasó a transformarse en una obsesión en mí. Una de tantas tardes en las que me dedicaba a revolver discos, me encontró en el barrio de Constitución, más precisamente en Kuky Discos. Kuky era un negocio emblemático de la zona y sus precios y su variedad de catálogo eran la envidia de tantas otras. Entre los vinilos (que por aquel entonces vivían su peor momento en popularidad) estaba el “Artaud”. Sabía de su tamaño irregular pero la versión que tenía en mis manos distaba de tener las puntas asimétricas; de hecho, estaba recortado. La persona que lo recortó hizo un trabajo envidiable: remendó las puntas con tapas de un rígido cuaderno Rivadavia azul, de un modo artesanal pero prolijo, que permitía lograr las dimensiones características de una portada stándard. La versión incluía el sobre interno (hoy, en épocas de Ebay y Amazon, rebautizado como “insert”), con las letras y la información adicional. Lo más importante es que el LP se encontraba en perfectas condiciones, como si nunca hubiera sido reproducido. Una oportunidad única para adquirirlo por una módica suma que no superó los 15 pesos.

¿Cómo es que me decidí a venderlo? En mi discoteca, “Artaud” terminó siendo una pieza de museo. Un objeto muy deseado, difícil de conseguir, envidiado pero al cual no le daba uso y si no uso algo, prefiero regalarlo. Como primera medida se lo ofrecí a un amigo muy fana de Spinetta, que pensó que le estaba tomando el pelo y no aceptó la oferta. Así que con el tiempo me vi tentado y lo subí a Mercado Libre, más que nada para saber qué repercusiones obtenía. La primera respuesta fue la más absurda: me ofrecían comprar sólo el insert. ¿Cómo? Un especulador tenía la versión con las puntas sin el sobre y quería comprarlo para que el producto aumente su valor. No hubo caso. Deambuló por Internet durante un tiempo, sin recibir ofertas ni comentarios. Cuando por fin decidí quitarlo de la venta, un audaz comprador se contactó y cerramos un precio: $1200, en el año 2012. Me parecía un precio elevado pero ni por asomo llegaba a los $2500 que otros vendedores pedían. ¿Si me arrepiento de haberlo vendido? Para nada. “Artaud” es como los discos de Led Zeppelin: jamás los escucho. No me gusta que un disco junte polvo, me hiere. Así que adiós, “Artaud”. Gracias por dejarme tu hijito el CD.

viernes, 1 de mayo de 2015

Rivales

No se trata de ser retro, de comprarse los instrumentos y equipos vintage, de conseguir la pilcha más rara de la feria americana. No se trata de dinero. Se trata de composición. Y estos pibes siempre la tuvieron atada, pero con el último ("Great Western Valkyrie") se quedaron con mi voto para mejor disco internacional de 2014. ¿Habrán llegado a su techo? Rival Sons, amigos.


martes, 28 de abril de 2015

No puedo evitar que vengan hacia mí las milanesas

Milanesas, mi comida del mes de abril. Caseritas, preparadas por mí, al horno, de nalga o de ternera, acompañadas siempre con puré. Delicia. Hay pocas comidas que me gusten tanto como las milangas. Ojo: los sanguches de miga y las empanadas comparten el podio. Antes era de tirarle cualquier cosa encima, ahora con queso y tomate me basta y me sobra. Hay platos que nacieron así, para ser simples, y así deben morir.

Cada vez que me toca viajar al exterior, lo que más extraño son las milanesas caseras de mi vieja. Ni asado ni otra cosa: lo único que quiero apenas pongo un pie en el país es volver a comer sus milanesas. La guarnición es lo de menos; al pan, ensalada, puré o fritas pero sus milas son irrepetibles. Como lo debe ser para ustedes las de sus propias madres.

Por raro que parezca, no suelo pedir milanesas cuando voy a morfar afuera. Si algún otro comensal las encarga entonces las pruebo y si son buenas, en caso de reincidir en el restaurant las pido, pero no me tiro a la pileta. No me cabe que se zarpen en pan rallado y te pongan una feta de carne y tampoco me cabe franquicias como el Club de la Milanesa o como quiera que se llame. La milanesa como la pizza y las empanadas: no hay como las caseras.

Hablando del nacimiento, se dice que la mila tuvo su orígen en Italia pero creo que si le preguntás a un tano hasta ellos te van a admitir que en Argentina la popularidad de este corte es mayor que en cualquier otra parte del mundo.

Velada ideal 1: ir a la carnicería, elegir el corte, llegar a casa, poner música y lanzarme a la maratónica velada de prepararlas. Velada ideal 2: comerlas, con un jugo y un puré.

La felicidad es un arma caliente.

viernes, 24 de abril de 2015

Fiebre de Slayer por la noche


Se hizo de noche y me dispuse a escuchar música con los auriculares puestos. La medida de Jack Daniel’s con un hielo ya había sido servida por lo que necesitaba tomar una decisión urgente. Mi cuerpo lo pedía y apenas divisé mis discos ahí estaba: “Seasons in the Abyss” de Slayer.

En la industria musical existe un lema que indica que el quinto disco de una banda es determinante. Hay excepciones, claro: para “Reignin Blood”, el tercero, Slayer ya era considerada como la banda más jodidamente hija de puta del planeta tierra. Pero volviendo a “Seasons…” hay algo en esta placa que lo hace única, un elemento que jamás pudo ser replicada por los infinitos clones de Slayer que pululan el planeta tierra. Los riffs intrincados dicen presente desde el segundo cero con “War Ensemble” e incluso temas como “Hallowed Point” podrían haber estado en cualquiera de sus discos previos; otros, como “Expendable Youth” y “Dead Skin Mask”, bajan un cambio en velocidad pero no en intensidad. Mi favorita es “Spirit in Black”, un tema de esos que tienen todo: arranque furioso, riff asesino, groove en el estribo y un cambio de ritmo feroz. Además, choreé ese riff más de una vez…

Sin dudas la perla blanca es “Seasons in the Abyss”. Nunca Slayer sonó tan ajustado y arriesgado, con arpegios y un clima que te pone la piel de gallina; tan sólo la intro dura más que la mayoría de las canciones de “Reign…”. A veces es injusto trazar paralelos, pero “Seasons…” es el equivalente a un “Master of Puppets” de Metallica.

Argentina siempre fue un país relegado en cuanto a visitas internacionales se refiere y Slayer recién llegó al país para el Monsters of Rock de 1994 (grilla que completaron Gatos Sucios, Hermética, Black Sabbath y KISS). Esa misma noche, en pleno mosh, se me acercó un chabón muchos años mayor que yo y me inquirió “flaco, ¿cuál es Jeff Hanneman y cuál es Kerry King?”. Claro, sin banda ancha y con cassettes grabados no había forma de enterarte del look de cada uno de ellos sin ser un voraz lector de revistas, como yo siempre lo fui. Me perdí tan solo dos visitas del conjunto: la segunda noche de los memorables Obras de 2006 y la última, como soporte de Iron Maiden.

En fin, mientras escuchaba “Seasons…” no podía evitar pensar que en pocos días se van a cumplir dos años de la muerte de Hanneman y que Lombardo ya no está tras los parches. O sea, que Slayer ya no es Slayer. Pero algo en mi corazón hace que los siga queriendo como aquella primera vez en que los escuché.