Terminé de leer “I Am Ozzy” -¡gracias a mi amigo HH García por el préstamo!-, las memorias del mítico Ozzy Osbourne (compiladas por Chris Ayres) y, en cierto sentido, es toda una decepción. Soy un devorador de este tipo de material y siempre voy a recomendar su lectura. Pero un sabor amargo inundó mi paladar al llegar a sus últimas páginas.
Que Ozzy tiene una vida digna de película, nadie puede discutirlo. El tema es cómo se encare esa película y quién la protagonice. Si por delante tenemos más de trescientas páginas donde se realiza un desarrollo de sus 62 años de vida, es imposible e inadmisible que la faceta quede relegada a un inesperado segundo plano.
“I Am Ozzy” ahonda en la faceta más extrovertida y controvertida del cantante, desde su infancia hasta la actualidad, pasando por sus reconocidos incidentes mediáticos, como cuando mordió a un muerciélago o le quitó la cabeza a una paloma. Ozzy es un
problem child y no se avergüenza de ello. Tanto que aquí nos enteramos que pasó más de cuarenta años en un estado de ebriedad constante, donde no faltaron papelones en su propia boda o en el entierro de su padre, y que probó cocaína antes de grabar
“Vol. 4” con Black Sabbath (que originalmente iba a llamarse “Snowblind”), lo que provocó que su vida derrapara casi por completo. Y ese “casi” refiere directamente a su mujer, Sharon, que desde fines de los setentas (cuando eran amantes) está a cada paso que da el gordo, salvándole su vida en más de una oportunidad.

Lamentablemente, quienes verdaderamente nos interesamos en su faceta musical, nos vemos un tanto decepcionados. El relato del inicio de Black Sabbath estremece (algo totalmente predecible) pero los pormenores de sus discos quedan en deuda. Ozzy se centra en contar cómo era su vida en aquellos momentos, sin inmiscuirse en detalles compositivos. Pero lo más alarmante sucede cuando se aboca a su etapa solista, sin pormenorizar cómo se desarrolló la formación que grabó aquellos dos primeros discos gloriosos y, para peor, se dedica a darle palos a Bob Daisley (compositor FUNDAMENTAL en su carrera) y Lee Kerlaske. Naturalmente, Randy Rhoads es tratado con algodones y no ahorra detalles del momento de su muerte. Pero a partir de ese momento el libro comienza su momento más descendiente, donde en ningún otro momento se mencionan cuestiones musicales o referidas a la audición de músicos. Vamos: entre sus filas pasaron Zakk Wylde y Geezer Butler, quien se unió a su antiguo compañero a fines de los ochentas. Y lo más grave del caso es la completa omisión de Randy Castillo, el baterista que grabó “No More Tears” y muriera años atrás a causa de un maldito cáncer. Los más fans nos quedamos con ganas de saber pormenores de la grabación de, por ejemplo, “Ozzmosis”, donde fueron rechazados como guitarristas Alex Skolnick (Testament) y Steve Vai, con quien incluso llegó a componer un tema (“My Little Man”). Aún más fastidia el capítulo especial dedicado a “The Osbournes”, aquel reality que a comienzos de siglo emitiera la MTV, donde sí se hace hincapié en su orígen, su desarrollo y su impacto cultural.
Sí, Ozzy se ganó por propio derecho un lugar dorado en la historia de la música y eso nunca va a cambiar. Sólo que el libro merecía estar a su altura.